NOTAS SUELTAS EN TORNO AL PROCESO “EL DESENTERRADOR”

NOTAS SUELTAS EN TORNO AL PROCESO “EL DESENTERRADOR”

Jaime Conde-Salazar

 

  1. Comencé a participar en “El desenterrador” a principios de agosto de 2013. Se trata de un proyecto que han puesto en marcha Sofía Asencio y Tomás Aragay (Societat Dr. Alonso) en torno al cual hemos sido convocadas Silvia Zayas, Bárbara Sánchez, Jordi Claramonte y un servidor. El plan era sencillo: el proceso se desarrollaría como una serie de encuentros en distintos contextos. Allí donde fuéramos, compartiríamos nuestras labores con aquellas personas que quisieran unirse a nuestras preguntas y experimentos. Después de pasar por Cuenca y Barcelona, llegamos a Buenos Aires invitados por el Centro de Arte Rural. Estas notas vienen del taller que celebramos en Chela y, después de fermentar durante unos pocos meses, han tomado la forma de estos fragmentos.

 

  1. La misión es tan simple como oscura: se trata de desenterrar palabras. Imaginamos que las palabras se van transformando a lo largo del tiempo. El uso, las interpretaciones, los malentendidos, los viajes, las apropiaciones, etc. van creando capas sobre la superficie original llegando incluso a transformar su naturaleza. Imaginamos que si nos empleamos en retirar estratos llegaremos a un principio, a un estado original de la palabra. Pero no somos arqueólogos ni lingüistas: la nuestra no es una búsqueda etimológica, tampoco histórica, ni cultural, ni antropológica…ni siquiera estamos seguras de que, en efecto, allá abajo haya algo. Simplemente, sabemos que hay que excavar. Pero excavar es siempre una metáfora. Así, que lo que nos ocupa es una acción que dice ser algo distinto de lo que es. Buscamos palabras más allá de los diccionarios, más allá del discurso y del debate, más allá de los conocimientos individuales, más allá de la consciencia ordinaria y del uso cotidiano del lenguaje. Pero entonces ¿qué es lo que buscamos?.

 

  1. El discurso es una herramienta: solo sirve para hacer cosas, en sí mismo no es más que aire, que tinta pegada a un papel. Entonces, el discurso o es acción o no es nada. A pesar de ello, nos hemos habituado a recurrir a la teoría buscando que ésta legitimara, explicara, justificara y autorizara nuestros trabajos. Es cierto que, en algunas ocasiones esta operación ha sido útil para generar distancias (largas y cortas) que nos han permitido observar y cuestionar ciertos aspectos propios de la labor artística. Pero, a la larga, se ha hecho evidente que cuando hacemos que la teoría se convierta en un marco legitimador a través del que leer una obra, en realidad, estamos reforzando el Régimen clásico que impone la separación por oposición entre el hacer y el pensar, entre el cuerpo y la mente.
  2. En el proceso de “El desenterrador” la teoría va y viene pero nunca delimita el terreno a excavar. La búsqueda requiere que, en primer lugar, reconozcamos nuestra propia ignorancia: no sabemos a dónde nos dirigimos, no hay un plan trazado de antemano y, por tanto no hay trayectos ni puntos de llegada establecidos. La teoría no nos sirve de salvavidas que elimina la incertidumbre propia de cualquier proceso de investigación. Por eso es tan importante el silencio. La excavación solo tiene sentido como ejercicio de observación. No se trata de hacer agujeros, de mover tierra, de hacer ruido sino más bien de desarrollar una atención que nos permita escuchar lo que las palabras hacen. Y aquí, quizás, es donde el discurso puede ayudarnos. Volvamos a la pregunta del punto 2: ¿qué es eso que buscamos al excavar?, o lo que quizás pueda ser lo mismo, ¿qué es eso que podemos llegar a escuchar como parte del silencio?

 

  1. El profesor Agustín García Calvo (1926-2012) en sus disquisiciones lingüísticas formuló algunas cuestiones que quizás estén cerca de las nuestras y nos ayuden a ahondar. “¿Dónde está la lengua?”- se preguntaba y, al poco volvía a insistir- “¿cuál es el sujeto de la lengua?” (1989:21). Buscaba un origen, un estrato que pudiera reconocer como el lugar que sostiene aquello que somos capaces de decir y escribir. Era un intento de volver al lenguaje sobre sí mismo, un juego virtuoso que pretendía disolver los límites entre el sujeto y el objeto, entre la herramienta y aquello que la herramienta hace. Evidentemente, no era cuestión de encontrar una solución, de dar con la respuesta perfecta capaz de poner fin a la búsqueda. La respuesta, en todo caso, tendría sentido solo si conseguía desvelar otros campos posibles de exploración en los que continuar preguntándose. Así, llega a proponer lo siguiente: “Pues el lenguaje se encuentra en los hablantes recluido en una región que bien puede llamarse subconsciente, en cuanto el término se aplique precisamente al lugar donde están las cosas que se han sabido y se han olvidado-de-conciencia, no ya solo por censura, como el tipo de subconsciencia descubierto por S.Freud, sino también por conveniencia técnica, para su mejor operación” (ibid:19) El estrato profundo en el que se reside el lenguaje es el subconsciente, es decir, aquello que precisamente se escapa a la consciencia despierta, aquello que elude cualquier formulación lógica. Pero el profesor parece conocer el peligro y escapa de la posibilidad de quedarse atrapado en la figura romántica y heroica del hombrecito atrapado en su individualidad. “Nada de esto”- explica- “amengua la evidencia de la inasequibilidad del aparato y mecanismos de una (y de la ) lengua a los manejos de individuos y sociedades: la reclusión a lo subconsciente es una necesidad para el funcionamiento; y por tanto, la lengua no es de nadie, en el sentido de que es para cualquiera; la más flagrante aparición empráctica del hecho es que el índice YO, así como apunta, en el mundo en que se habla, a cualquiera que esté hablando, así no designa, en el mundo de que se habla o Realidad, a ninguno en particular ni le pertenece” (ibid.) Ese subconsciente al que se refiere, no es el mundo interior y no controlado del individuo sino algo común que está a disposición de todo aquel que habla. De alguna manera, parece sugerir que ese estrato profundo donde tiene origen la lengua es universal, no tanto porque en ese nivel todo sea igual para todas sino más bien porque esa instancia que elude lo consciente es necesaria para que exista la lengua, sea cual sea esta lengua.

Así, si escuchamos al profesor, puede que nuestra tarea de desenterrar palabras no nos lleve a ningún hallazgo concluyente ya que todo lo que encontremos en ese estrato profundo tendrá una naturaleza esquiva y caprichosa propia de lo que permanece más allá de nuestra consciencia diurna. Además, lo que está ahí abajo no tiene que ver con lo concreto de nuestras neurosis particulares, ni tampoco con nuestras neurosis como cultura o sociedad de este mundo. Es otra cosa.

 

  1. Unos pocos años después de que el profesor Agustín García Calvo planteara sus cuestiones acerca de “lo que habla”, la profesora Peggy Phelan abordó, en su famoso artículo “The Ontology of Performance” , la difícil cuestión del ser de la acción (performance). Haciendo un ejercicio tan admirable como certero de simplificación propuso que el ser de la acción era “su propia desaparición”(1996:146) De esta manera zanjaba de una forma tajante la posibilidad el debate formalista en torno a la performance y desplazaba la cuestión a una zona de mucha más incertidumbre. “La desaparición” no deja de ser un fenómeno misterioso que se escapa, en muchos sentidos, a nuestro entendimiento ordinario. ¿Qué pasa en la desaparición? Más adelante la profesora estadounidense, esbozaba una posible respuesta: “sin posibilidad de guardar una copia, la acción viva (performance) irrumpe en lo visible – en un presente obsesivamente cargado- y desaparece en la memoria, en el ámbito invisible y del inconsciente donde elude todo tipo de regulación y control” (1996: 148). Al desaparecer la acción no se disuelve en la nada: lo que sugiere es más bien, es que la acción se transfiere a la memoria, suponemos que, de todas aquellas personas que de una manera u otra habían sido parte de la acción. Y, como sabemos, la memoria es ese lugar caprichoso e ingobernable de la consciencia que, además forma parte de esa otra zona mayor que excede los límites de sujeto consciente, despierto, heroico y solitario. Gracias a la desaparición, las acciones traspasan los límites de la subjetividad individual alimentando esa parte del ser que no nos pertenece y que está fuera de nuestro control consciente.

 

  1. Agustín García Calvo y Peggy Phelan parece que están buscando cosas distintas: uno el lugar en el que reside la lengua y la otra el ser de la acción. Pero ambas llegan al subconsciente. Esto puede llevarnos a nuevas preguntas en forma de sospecha: si las dos llegan a lo mismo ¿no será quizás que la lengua y la acción son algo parecido? ¿y si el subconsciente fuera esa capa profunda en la que se apoya y sostiene tanto lo que hacemos como lo que decimos? ¿y si allí, en lo hondo, fuera de todo control, se desactivara la dicotomía clásica hacer-decir? ¿y si la desaparición fuera la clave?

 

  1. “El desenterrador” excava. Ignora hacia dónde se dirige pero no deja de dar paladas. La incertidumbre no hace más que avivar su capacidad de hacer. A medida que va bajando, va perdiendo las referencias espaciales. Cada vez hay más silencio, cada vez el paisaje es menos familiar. Más abajo, se la acción repetida e insistente comienza a disolver los límites de la consciencia con la que comenzó a excavar desde la superficie. Cada vez es menos dueño de sí, cada vez está más oscuro y los perfiles visibles comienzan a desdibujarse. En lo profundo de la excavación lo ya conocido, la experiencia acumulada, los logros biográficos no sirven para nada: toda la consciencia está en el descubrimiento, en la excitación ante la posibilidad de dar con lo desconocido, con aquello que sistemáticamente anda escapándose de la consciencia diurna. Hundido en la tierra, el cuerpo se confunde con el estrato. La carne se hace sedimento y, por tanto, el buscador mismo se convierte en lo que se podría andar buscando.

 

  1. En una entrevista en la que le preguntaban cómo afrontar la paradójica naturaleza liberadora y tramposa de la lengua, Agustín García Calvo decía: “Ah…es muy sencillo: basta con dejarse hablar (…) Si uno habla personalmente, pues por esa boca le van a salir las cosas que ya están dichas, y él, como cualquier otro elemento de la Realidad , tendrá que obedecer a la ley de la defensa (…) Pero como uno no es del todo el que es, pues gracias a eso pueden salir, si uno se deja, palabras del común, del pueblo que no existe” (http://www.sinpermiso.info/articulos/ficheros/gcalvo.pdf) A medida que su cuerpo se va hundiendo en la tierra, el desenterrador pierde su voz individual. El desenterrador se hace otro en el proceso de excavación: poco a poco desaparece, igual que la acción, igual que la lengua. Quizás esa es la condición para que aparezca la posibilidad de que, en complicidad con lo descontrolado e invisible, emerja lo que subyace que no es otra cosa que lo común, lo que nos vincula a todas. Cuando el desenterrador excava deja de ser, se deja decir, se deja hacer.

 

  1. En sus notas sobre la escritura poética, Ada Salas escribe: “Sólo a través de la búsqueda, la espera y el alumbramiento poéticos puede llegarse a esa otra realidad propia, a ese “yo es otro” de Rimbaud. Por eso la escritura poética es un acto fascinante, pleno. Cuando escribimos somos distintos a lo que somos cuando no lo hacemos. El poema es la exclamación, el grito de sorpresa ante nuestro rostro desconocido” (2005:16). Escribir, excavar, hablar y desaparecer.

 

REFERENCIAS

 

GARCÍA CALVO, A.,1989, Hablando de lo que habla, Lucina, Zamora.

PHELAN, P., 1996, Unmarked, Routledge, Nueva York.

SALAS, A., 2005, Alguien aquí. Notas sobre la escritura poética, Hiperión, Madrid.

 

RESUMEN: Este artículo es una colección de fragmentos escritos como parte del proceso de investigación y creación del proyecto “El Desenterrador” (Societat Dr. Alonso). A través de diez pequeñas piezas se hace un recorrido por algunas de las cuestiones que articulan el proyecto poniendo especial atención en aquellas que se preguntan por la lengua como acción y por el fenómeno de la desaparición que afecta a cualquier suceso vivo.

 

PALABRAS CLAVE: desenterrador, subconsciente, lengua, acción, desaparición.

 

Jaime Conde-Salazar Pérez (Madrid, 1974) es licenciado en Historia del Arte (1997, Universidad Complutense de Madrid). Obtuvo su MA in Performance Studies (2002, New York University) gracias a una beca MEC-Fulbright. En 2003 presentó el trabajo de investigación “Narrativas de la modernidad en la crítica de danza estadounidense” (Departamento de Historia del Arte III. Facultad de Geografía e Historia. UCM) con la que obtuvo su Diploma de Estudios Avanzados. Entre 2003 y 2006 dirigió el Aula de Danza “Estrella Casero” de la Universidad de Alcalá. Ha colaborado regularmente como crítico de danza en revistas como Por la Danza (Madrid), SuzyQ(Madrid), Ballet/Tanz (Berlin), Mouvement (París), Hystrio (Roma) y Obscena (Lisboa).. Durante el curso 2009/2010 fue becario de la Real Academia de España en Roma. En la actualidad invierte la mayoría de sus esfuerzos y energías en el proyecto de difusión y crítica de las artes vivas www.continuumlivearts.com y en las apasionantes aventuras que se le plantean como miembro de la Comunidad Pradillo.

 

 

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